II

Todo comenzó, o terminó, en 1975.

El 12 de julio de 1975 una brigada de agentes de la Dirección Federal de Seguridad, la policía política comandada en ese momento por Luis de la Barreda Moreno y luego por Miguel Nazar Haro, tomaba por asalto la casa de los estudiantes Roberto Gallangos y Carmen Vargas.

La irrupción de la DFS tenía como objetivo su detención. A partir de entonces, el destino de sus hijos, Aleida y Lucio Antonio, se rompió también. Ella sería rescatada por otro guerrillero y él, de apenas cuatro años y con el rozón de una bala en la pierna izquierda, llevado al hospital del IMAN (Instituto Mexicano de Asistencia a la Niñez) y luego a una casa hogar en Tlalpan.

Desde ese julio de 1975 y durante 26 años nadie volvería a juntar las historias ni a los personajes. Aleida estuvo viviendo una temporada en casas de seguridad, con otros hijos de desaparecidos –y ejecutados posteriormente–, hasta que fue entregada por Carlos Gorostiola al matrimonio formado por Alejandro Gorostiola y Pilar Herrera. Tuvieron que pasar 26 años para que ella develara su origen, a través de un reportaje publicado por Día Siete. Averiguar el paradero de Lucio Antonio no sería tan fácil como eso.

En estos años recabó datos suficientes como para saber que su hermano fue entregado en adopción, que había sido registrado con otro nombre y tomó contacto con la familia adoptiva.

En esos meses de búsqueda y con la ayuda, a cuentagotas, de la Fiscalía Especial para Movimientos Políticos del Pasado (Femospp), encontraría los primeros indicios de la existencia de su hermano. Supo que se llama Juan Carlos Hernández Valadez; que había sido adoptado por una familia de Calpulalpan, Tlaxcala, y que posiblemente estaba trabajando en Estados Unidos.

Adela Cedillo, quien la acompañó en su travesía, recuerda el primer encuentro con Aleida y la resistencia a aceptar que no encontraría a Lucio Antonio. “Me la presentaron el 19 de enero de 2004. Tengo presente la fecha porque ese día ella tuvo acceso al expediente de su hermano en la Casa Hogar de Tlalpan. A unos meses de cumplir cuatro años de edad, Lucio Antonio Gallangos Vargas ya era un desaparecido de la Guerra Sucia”.

El día que Aleida visitó los archivos del hospital, encontró de inmediato la ficha sobre su hermano. El expediente tenía fecha del 17 de junio de 1975 (cinco días después de la desaparición de Lucio Antonio) y era el único de un niño de cuatro años y medio en el que aparecía un nombre (Samuel) sin los apellidos y sin fecha de nacimiento. Supo que había sido llevado a la casa de Tlalpan.

Aleida presionó mucho para que le permitieran el acceso a la casa-hogar, aunque las autoridades argumentaron que, por tratarse de información confidencial, de acuerdo con la Ley Federal de Acceso a la Información, no podían proporcionársela. Su necedad rompió los cercos. Acompañada de una agente del Ministerio Público vio las fotos de su hermano y lo identificó con toda certeza.

“Habló con muchos miembros de esa familia, inclusive un día acompañé a Aleida a Calpulalpan, a hablar con uno de los primos del padre adoptivo, quien fue el primero en dar la pista de que Tony y sus dos hermanas adoptivas se encontraban en Washington.

El señor, un campesino aparentemente amigable, se ofreció a ayudarla en lo posible, incluso ofreció buscar el teléfono de su sobrino. Con el paso del tiempo nos enteraríamos de que el señor sí habló con sus primos, pero para sugerirles que no le dijeran nada”, relata su amiga.

Los agentes de la fiscalía justificaban sus dilaciones arguyendo que legalmente era imposible obligar a la familia a proporcionar la información, incluso elementos de la Femospp, como el exguerrillero Mario Ramírez, llegó a descalificar la obsesionada labor de Aleida por encontrar a su hermano.

Esa y otras actitudes con las que no estaba de acuerdo, provocaría que Aleida renunciara al Comité Ciudadano de Apoyo a la Fiscalía, al que había sido invitada por su mismo titular, Ignacio Carrillo Prieto. Aleida siguió atando cabos, aun cuando muchos de los intentos terminaban estrellándose con un muro de negativas. Pero la mirada y las pistas le señalaban a Aleida como destino Estados Unidos. Por ese entonces conoció a Chirstiane Burckhardt, una documentalista radicada en la ciudad de México, quien a partir de ese momento integró su lente a la búsqueda.

Casi a finales de 2004, la Femospp aceptó proporcionar los boletos de avión para que Aleida viajara a Estados Unidos, tras la última de las pistas que había encontrado, que esta vez apuntaba hacia Washington.

Con apenas 90 dólares, un número telefónico como pista, y otra vez el deseo de por fin encontrar a Lucio Antonio, el 14 de diciembre estaba aterrizando en el Washington Dulles International Airport.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s