Prensa y poder político en México: Una historia incómoda

 

Un breve contexto latinoamericano

La historia de la prensa y el poder político en América Latina, por lo menos en los últimos cincuenta años, es una de las áreas del conocimiento más codiciadas por los historiadores y estudiosos. Las razones de esa búsqueda son tan numerosas como variantes tiene el conocimiento.

Una de las fuentes importantes, sino es que clave para los estudiosos del pasado, es lo que la prensa guarda en sus registros. Sin entrar todavía en los niveles de veracidad o de credibilidad que puede tener esa información por sí misma, la que queda en formatos de papel, audio o visuales, es una referencia importante. Lo que sigue es una disección de esa información, que no es el fin de este trabajo y que ya iremos revisando más adelante. En todo caso esto último se refiere más al campo del análisis del discurso, que es otra manera de entender la relación que se está tratando.

Pero el que esta información se conserve no es algo común en nuestros países, mucho menos cuando venimos saliendo de una etapa donde el poder estuvo detentado por militares o civiles con claras inclinaciones a un ejercicio del poder autoritario.

En muchos casos la prensa (los medios y los periodistas) tuvo que optar entre dos salidas: la alianza con el poder en turno, fuera militar o civil, o bien, arriesgarse a sobrevivir en condiciones cuasi clandestinas e incluso con el riesgo de terminar en las listas de desaparecidos si no es que de asesinados. El caso del periodista argentino Rodolfo Walsh (1), es una de las referencias más concretas.

En este contexto latinoamericano es importante considerar lo complicado y difícil que suele ser la conservación de los archivos y documentos periodísticos. Hay una tendencia casi natural de los hombres en el poder a desaparecer su propio pasado. De ahí la relevancia cuando se logran hallazgos, y más cuando en estos documentos se registran el cómo y los porqués de ciertas alianzas en momentos concretos.

Esta tarea se vuelve complicada pero no imposible. Los ejemplos, aunque muy limitados en América Latina y México, resultan importantes para entender qué hay más allá de lo que la información nos muestra. A veces se debe esperar a que las condiciones políticas y sociales de un país se modifiquen, para darse a la búsqueda de los documentos que nos muestren quiénes y cómo se gobernaba, con qué herramientas y con cuáles mecanismos.

Otras veces han sido los actos casuales los que traen consigo toneladas de documentos que estaban perdidos o escondidos en tal o cual bodega, en tal o cual casa, en algún archivo personal. No hace mucho que en América Latina han ido apareciendo, como granos de arena que van cubriendo el tiempo del reloj, toneladas de papeles: toda la documentación para entender y explicar la Operación Cóndor en el cono sur, los archivos de la Policía Nacional de Guatemala (donde se registra el número más alto de desaparecidos por razones políticas. Más de 200 mil, en los años de plomo) y, por supuesto, algunos casos de México. Sin embargo, esto sigue siendo insuficiente.

Un efecto visible de la poca investigación sobre la relación de la prensa y el poder político en América Latina y, en particular, en México, es la escasa bibliografía que se tiene sobre el tema. Las librerías y las bibliotecas de nuestro país apenas guardan algunos materiales. Y aunque también escasos, lo que más tenemos son los testimonios de personajes que, de uno u otro lado, les tocó vivir algunos de esos momentos clave.

Dicho de otro modo, esos vacíos de información histórica son también una muestra de cómo a los personajes que fueron hilando y tejiendo esta relación, poco o nada les importaba documentar esa forma de vínculo.

Lo que hace diferente a la relación actual entre los medios y el poder político a la de hace dos o tres décadas, es que ahora el poder efectivo reside en los medios. La transición del autoritarismo a la democracia acotada que tenemos actualmente permitió que el equilibrio del poder se modificara y que cada vez sean más importantes (o al menos más visibles) los llamados poderes fácticos: los empresarios, los medios de comunicación, la Iglesia, etcétera.

Es impresionante ver las disposiciones emitidas por la Secretaría de Gobernación en aquellos años para mantener los “valores” mexicanos frente a la amenaza comunista (en la que podía caber cualquier cosa que no gustara a los personeros del régimen), y las medidas utilizadas por las autoridades para garantizar la obediencia de los medios.

Pero igualmente reveladoras resultan las evidencias duras de la anuencia y aun el gusto de los dueños de los medios y de gran parte de los periodistas por congraciarse con el poder. En muchos momentos, mientras revisaba los cientos de documentos hallados, recordé la película La vida de los otros, en la que se develan los mecanismos de control aplicados por la Stazi, la policía política de Alemania del Este, pero también la colaboración que muchos ciudadanos le prestaban para denunciar a quienes pensaban o actuaban de manera diferente a la oficial.

Aunque todavía limitada, se ha comenzado a documentar la relación entre la prensa y el poder, tantas veces mencionada y cuestionada. Hoy vamos entendiendo mejor los acuerdos, las formas de control de parte del Estado, el cómo se daban las concesiones, las bitácoras de reuniones entre empresarios de medios de comunicación y secretarios de Gobernación o presidentes de la República. Documentación que revela toda la parte que no conocemos.

Así, es tan importante para una sociedad el papel que juega la prensa, que lo que ésta haga o deje de hacer cruza e impacta también a la cultura, la ciencia, la sociedad, etcétera. El movimiento estudiantil de 1968, por ejemplo, tiene otra lectura a partir de los documentos; la guerra sucia se vuelve más sucia a partir de lo que ha se ha ido descubriendo.

Mucho de lo que está pasando actualmente con la prensa tiene su origen en esa época. Y ahí están sus respaldos, ahí están sus cartas, sus acuerdos, lo que costó el silencio, lo que costó decir ciertas cosas, y sobre todo están los protagonistas. Porque a fin de cuentas, la incómoda historia de esa relación la hicieron personajes de carne y hueso, no es una historia construida desde la imaginación, desde la ficción, hecha de héroes y villanos, sino de personas a través de quienes podemos ver todos los claroscuros de la naturaleza humana.

Los grandes personajes, los grandes periodistas que conocemos terminan siendo seres humanos. Con estos documentos los mitos del periodismo se desvanecen. Siguen siendo periodistas, pero ya no mitos. Y creo que eso es importante, dejar de vernos como un poder, como grandes mitos, como un gran poder que puede llevarse de tú a tú con el poder político, olvidando que la distancia con éste es una regla clave para el ejercicio periodístico.

Tenemos empresas nuevas y muchos medios que inician, pero las grandes empresas, salvo una que otra, son las mismas. Es decir, ahí están sus orígenes, parte de su poder.

La reacción de los empresarios de los medios electrónicos a la Reforma Electoral de 2007, se conocerá con sólo echar una hojeada y darse cuenta de que son los mismos, y que lo que decían e hicieron hace veinte o treinta años es totalmente opuesto a lo que dicen ahora.

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