Prensa y poder político en México: Una historia incómoda

 

Prensa/poder político. La soledad de los periodistas

Tenemos mayor espacio, mejores posibilidades y sí depende mucho de nosotros. Si asumimos que no somos un “cuarto poder”, que no somos un poder paralelo al poder político, eso nos lleva a responsabilizarnos de nuestros actos, nos obliga a pensar en función de qué es lo que hago, para quién lo hago y cómo lo hago. Ya no es sencillo en la medida en que tenemos mayores posibilidades de expresión y nos obliga a ser más responsables.

Ya no podemos ser solamente el interlocutor del poder, legitimar al poder y que el poder nos legitime, que fue la fórmula perfecta. Yo te legitimo, yo hablo contigo solamente y tú hablas conmigo. Al romperse esa fórmula tenemos que mirar al otro, tenemos que mirar a la sociedad.

Me atrevo a asegurar que una de las secuelas más negativas de la larga relación entre la prensa y el poder político en México, es la distancia que la primera mantiene hasta nuestros días con la sociedad (con la gente, con los ciudadanos).

Y la manera más concreta de representarlo es la soledad en la que los nuevos periodistas ejercen este oficio actualmente, una soledad que no tiene que ver con ese estado espacio-temporal-emocional al cual muchos periodistas suelen recurrir como una herramienta de inspiración para sus textos. Esa soledad que se acerca más a la visión romántica del periodismo.

Me refiero a una soledad que en nada ayuda, que nos pone en una situación que quizá jamás imaginamos. Hoy, visto desde muchos frentes, una gran mayoría de periodistas en México parece caminar hacia el vacío. Por ejemplo, están solos frente a poderes de facto: llámese narcotráfico, gobiernos autoritarios o poder económico.

Los periodistas están solos frente a un Estado mexicano para el que la libertad de expresión y el derecho a la información no son una prioridad. Los gobiernos democráticos arriesgan y apuestan por estos logros, porque en esas dos libertades vitales están los contrapesos democráticos y al mismo tiempo la legitimidad de un gobierno. No es el caso del poder político en México en ninguno de sus niveles. Los periodistas de este país están solos frente a directivos y dueños de los medios de comunicación, quienes los consideran una moneda de cambio, un producto desechable.

Y lo peor: resultado de una relación que dejó de lado a los ciudadanos, siguen solos en una sociedad como la mexicana, que ha decidido darles la espalda. Bueno, siendo más correctos, ha decidido “cobrarles” su abandono desde casi siempre.

Me parece que la prensa en México no creó una cultura del distanciamiento con el poder. Creo que llegamos tarde como en muchas cosas y que, hasta ahora, hasta hace sólo algunos años comenzamos a construir una visión distinta o alejada del poder.

Cuando esto comienza por vía de los hechos, cuando se empieza a fracturar el pacto entre medios, periodistas y poderes fácticos, incluido también el poder político con la caída del PRI, en esto que llamo una transición, vía las rupturas de facto, nos quedamos desprotegidos. ¡Vamos!, no tenemos una sociedad que nos acompañe en la demanda para proteger los derechos de los periodistas. No hay una sociedad que se sume a nuestras peticiones. Nosotros durante muchos años hemos dado la espalda a la sociedad; hoy día, nos cobran con aislamiento.

Hace unos días la Universidad Iberoamericana y la empresa Consulta Mitofsky dieron a conocer los resultados de una encuesta, en la que algunas de las preguntas tienen que ver con el “estado de salud” de la libertad de expresión en México.

Por ejemplo, uno de cuatro encuestados dijo estar dispuesto a sacrificar la libertad de expresión a cambio de mejoras económicas. El 54.9% contestó preferir mejores condiciones económicas contra 31.8%, que elige mayor libertad de expresión.

Éste es el piso sobre el que camina la prensa en México.

Qué tendríamos que hacer los periodistas para, al menos, intentar modificar el futuro nada alentador que se anuncia. Estoy convencido que quizá la principal herramienta que tenemos como gremio en este momento, es la revisión crítica de nuestra función, de nuestro papel en esta larga y atropellada transición democrática. Algo que Francisco Martínez de la Vega veía como una necesidad desde casi 1966, como se indica en el artículo arriba citado.

Siguiendo el modelo de Jano, sin quitar la mirada hacia el futuro, tenemos que revisar nuestro pasado, la historia reciente de una prensa ajena a la sociedad y más cercana al poder político y económico. Creo que este es el momento de replantear a los lectores y auditorios, como quienes deben legitimar nuestro trabajo. Asumamos que esa alianza con la sociedad, que tanta falta hace en momentos en que los periodistas son agredidos, no existía. Que tenemos que construirla desde distintos parámetros. Convencer a la gente de la importancia que tiene para su vida una libertad de expresión y un derecho a la información, hasta ahora muy limitada en México. Sin pretender ser la guía de la sociedad, la prensa sí tendría que preocuparse por el silencio con que le está “pagando” esa sociedad.

A mi entender, todos los esfuerzos que se hagan desde los medios, desde el conjunto de periodistas acompañados de sus medios y sin ellos, pasan por un proceso serio de evaluación de lo que somos como periodistas y reporteros en lo individual. Es cierto, hay una serie de elementos contextuales que condicionan nuestra realidad, muchos de los cuales no dependen de nosotros a pesar de todos los esfuerzos que se hagan. Pero dejarlo todo en ese nivel de análisis es empobrecer más nuestra labor y a nosotros mismos.

Si bien es cierto que nadie puede aspirar, ni es humanamente posible, a cambiar todos los escenarios descritos en favor de nuestro gremio, también es cierto que apenas hacemos lo más elemental para que eso se modifique.

Juan Luis Cebrián, editor de El País, ha dicho que el periodismo (al menos el que se hace en los impresos) se encuentra ante un cambio drástico de paradigma: “Los periódicos están cada vez menos en el centro de la construcción de la opinión pública”. Cuando otro editor, Iñaki Gabilondo, le preguntó si estaban condenados a desaparecer,

Cebrián fue rotundo: “No condenados a desaparecer, pero sí obligados a cambiar”.

Efectivamente, creo, como Cebrián, que estamos obligados a cambiar; pero ese cambio, en mi opinión, comienza por los mismos periodistas, de tomar por fin la iniciativa para romper con la soledad en la que han caminado durante décadas. Una soledad que terminará aislándonos más hasta que nadie se acuerde de nosotros.

En la medida en que la prensa (medios y periodistas) “anuló” la existencia del otro (a los ciudadanos, a la gente) como interlocutor, este otro también la anuló a ella.

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