En los ojos de Miguel Nazar Haro

Por Jacinto Rodríguez Munguía

El PRI debe parte de los 71 años que estuvo en el poder a personajes como Miguel Nazar Haro y Fernando Gutiérrez Barrios.

“Esos ojos…sus ojos”.

Fue el historiador Enrique Semo quien hace años me contaba los días de persecución y detención por parte de la agentes de la Dirección Federal de Seguridad (DFS). Muchos detalles saltaban durante nuestra conversación, fluía la charla y de pronto se detuvo. La pausa caminaba de la mano del silencio y su mirada perdida en la ventana. Él estaba ahí, en su departamento, no así su memoria: “Lo peor fue el momento en que estuve frente a él… nunca voy a olvidar sus ojos. Cómo podían esos ojos profundamente azules encerrar tanta maldad”.

En ese momento me pareció un detalle periodísticamente interesante, uno de esos elementos narrativos que esperamos quienes amamos la escritura para darle alma y sentido a las letras.

Fue entonces cuando recordé otras conversaciones con algunos guerrilleros que fui conociendo por ahí de 1998. Entre esas largas conversaciones volvió a aparecer ese detalle: los ojos de ese hombre. “Cuando me miró con esos ojos azules, profundamente azules, supe que mi vida estaba a punto de apagarse… Lo que vi en sus ojos fueron los días de tortura que siguieron. No sé ni cómo sobreviví, pero nunca me podré arrancar de su mirada”, me contaron.

Durante años, la mirada de Miguel Nazar Haro se convirtió para mí en una obsesión.

Por lo menos hasta el 2002, Nazar Haro seguía cargado de mitos aderezados de miedo. Un personaje perfectamente construido para el terror. Pero ese mito fue tomando forma. Con la apertura de los archivos de la DFS y otros aparatos del espionaje político en las décadas de 1960 y 1970, las historias de este y otros personajes temerarios confirmaban los niveles extremos de represión que estos hombres ejercieron en nombre de la patria.

La mirada de Nazar dejó de ser una metáfora terrible. Fue los ojos y el alma de al menos tres presidentes de la República: Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), Luis Echeverría Álvarez (1970-1976) y  José López Portillo (1976-1982), y de un partido político: El Revolucionario Institucional (PRI).

Pero Miguel Nazar Haro no actuó solo. Dijo defender a un país, una nación. En mi opinión, a lo que realmente defendió fue a un gobierno y a un partido. Parte de esos 71 años en el poder, los priistas se los deben a hombres como él y su maestro, Fernando Gutiérrez Barrios.

Un par de anécdotas que van de lo grotesco a lo terrible definen la dimensión del poder que llegaron a alcanzar los creadores de los aparatos de seguridad y sus herederos, particularmente Gutiérrez Barrios y Nazar Haro.

Se cuenta que cuando el capitán Fernando Gutiérrez Barrios pretendía intimidar o advertir a algún enemigo del sistema político mexicano que estaba rebasando los limites impuestos por el poder, lo invitaba a su oficina de la Secretaría de Gobernación y siempre, siempre, tenía un sobre amarillo cerrado sobre el escritorio. La conversación, por lo común, era sobre temas generales, pero entre la plática, de manera insistente, tomaba en sus manos el sobre. Ese era el mensaje cifrado de que el capitán Barrios poseía la información suficiente de todos los ángulos de la vida de su interlocutor como para hacerlo pedazos cuando así lo deseara.

Si el invitado interpretaba las señales como el capitán quería que las entendiera, aseguraba su futuro político, su futuro económico y la vida de él y la de sus familiares. Pero en caso de que no interpretara adecuadamente el mensaje, el capitán Gutiérrez Barrios tenía, por supuesto, a sus muchachos de la Dirección Federal de Seguridad para hacer efectivo su poder. Lo importante era dejar claro, y que lo dijera a los demás, quién ostentaba el poder.

La segunda anécdota tiene que ver con quien sería el consentido, el heredero natural de Gutiérrez Barrios: Miguel Nazar Haro.

Para éste no había citas, mensajes o sobres amarillos sobre el escritorio. No había advertencias de por medio. Para los “subversivos”, sólo había tres opciones: encierro, destierro o entierro. Estar frente a Nazar Haro, en sus ojos, era comenzar a morir antes de la misma muerte.

Eran, apenas, algunas de las características de quienes se encargaron de construir la DFS; sin duda, de los aparatos de inteligencia, la que más dejaría regadas cientos de historias de miedo en México.

De Nazar Haro sería la creación de la Brigada Blanca o el Grupo Especial, encargado exclusivamente de detener, torturar y desparecer guerrilleros. Barrios y Haro serían, en suma, los autores intelectuales y materiales de nuestra vergüenza histórica.

Sin los resultados finales que dejaron estos aparatos de seguridad, en México no se tendrían que contar ahora historias de espionaje y persecución; de violaciones a la vida privada e íntima de miles de ciudadanos, de intervenciones telefónicas, de torturas y, finalmente, de cientos de desapariciones.

Los datos son contundentes: tan sólo entre 1972 y 1982 a estos aparatos de “inteligencia” del Estado mexicano y sus ejecutores, se les atribuye la desaparición de cuando menos 500 personas.

Esa creatura llamada DFS se volvería una pesadilla para el propio poder que decían defender. Nazar Haro terminaría acusado en una corte de los Estados Unidos, vinculado con el delito de robo de autos, y muchos de sus alumnos, sus tigres, como llamaba a sus agentes, todavía aparecen de vez en cuando vinculados a los sucios trabajos del espionaje.

La historia de este personaje es inmensa y profunda, una historia pendiente de contarse en su totalidad.

Miguel Nazar Haro murió la noche del jueves 26 de enero de 2012. Hasta donde sabemos, no hubo honores nacionales ni la bandera estuvo a media asta. Murió sin esas ceremonias que quizá soñó le otorgarían sus amigos, los políticos, los presidentes de la República a quienes sirvió para salvar a la patria.

Seguro que sí recibió muchas coronas y flores de decenas de amigos y políticos que hoy dormirán tranquilos pues ha muerto parte de su conciencia.

Me pregunto cuántos ojos, cuántas miradas de los torturados que encontré, ahora en fotos en las cajas del Archivo General de la Nación (AGN), lo acompañaron en sus últimos recuerdos.

Un día de estos llamaré a alguno de esos sobrevivientes y detenidos por Nazar Haro para preguntarles si se ha borrado esa mirada de su memoria.

Ojalá y así sea.

Publicado en CNNMéxico (30 de enero de 2012)

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